A los dieciséis, fabriqué mi primer violín.

A mi alrededor decían que tenía un oído prodigioso y unas manos bendecidas.

A los diecisiete, caí enfermo de unas fiebres y perdí la vista, pero mi talento empezó a brillar con más fuerza que nunca.

Aunque ya no podía ver, era capaz de construir violines aún mejores.

Y entonces...

—¡Tú eres mi herramienta! ¡Mi esclavo! ¡Una cucaracha como tú no tiene derecho a descansar!

¡Zas!

Con la mejilla ardiéndome, me desplomé en la oscuridad.

Maldito francés de mierda.

Había aparecido justo cuando mi nombre y mis violines empezaban a hacerse conocidos. Desde el principio, su alemán torpe, cargado de acento francés, me puso nervioso.

Y luego, mi padre, ahogado por las deudas de juego, me vendió por la suma que aquel bastardo ofrecía.

De eso ya habían pasado dos años. Fue en el verano de mis dieciocho.

—¡Tienes que terminar tres más antes del mes que viene! ¡Y si hoy no me demuestras que puedes hacerlo, le cortaré la manutención a tu familia!

Ese desgraciado me conocía demasiado bien.

Sinceramente, me daba igual ese hombre que se hacía llamar mi padre y que me había vendido sin pestañear. Pero con mi hermano menor no podía ser así.

Mi hermanito, que no tenía una sola aspereza, a diferencia de este hermano inútil.

Si quería convertirse en un gran intérprete, necesitaba el dinero de ese bastardo. Yo quería, aunque solo fuera con estos oídos, escuchar el día en que cumpliera su sueño.

—¡Espabila y mueve las manos! ¡Estas piezas tienen que llevar todavía más dedicación! ¿Entendido?

El francés retorcido, que todavía me costaba comprender, me atravesó los oídos como una aguja. Hijo de perra.

Entonces sentí una mano callosa cerrarse sobre mi cuello.

El aliento, apestando a grasa de cerdo, me revolvió el estómago.

—¡He dicho que si lo has entendido, maldito ciego de mierda!

Asentí.

Apenas moví la cabeza, su mano me soltó.

Acto seguido, la puerta se cerró de golpe, y hasta la corriente de aire pareció desaparecer. Aquel lugar, que solo de nombre era un taller, no era más que una prisión solitaria.

Me sacudí el polvo de encima y, por pura costumbre, fui a sentarme en el banco de trabajo.

A tientas, tomé el violín en el que estaba trabajando. Bajo las yemas de mis dedos sensibles, sentí las curvas ondulantes del instrumento.

Un violín se completa uniendo el fondo, los aros y la tapa.

Y en ese momento, la tapa aún no estaba colocada.

Todavía quedaba el paso más importante.

Con cuidado, pegué una etiqueta de fibra en el interior del fondo.

La etiqueta.

El orgullo de cualquier lutier.

Y allí estaría escrito esto:

“Maxime Depont”.

No mi nombre, Walter Albrecht, sino el suyo.

Un esclavo ni siquiera tenía derecho a dejar grabado su nombre.

·       

—¡Pero, duque Depont, dígame, cómo puede rebosar de tanto talento!

—Ja, ja, me halaga en exceso.

—¡Dios santo, qué instrumento tan magnífico! ¡Sin duda es un don concedido por el cielo!

—¡Jo, jo! Hombre, a este paso mejor cúbrame la cara de oro.

Desde el taller llegaban risas y voces bulliciosas.

Aquel cerdo repugnante, pavoneándose como si mis criaturas fueran suyas.

Aunque, en realidad, ya me había acostumbrado. Era algo que había vivido incontables veces.

Al fin y al cabo, llevaba más de diez años viviendo así.

Y aun así, por mucho que me acostumbrara, siempre había una parte de mi pecho que seguía incómoda.

Tsk.

En fin, hablaría hasta hartarse y luego se iría.

Yo solo tenía que esconderme bien hasta entonces.

Fue justo en ese instante.

—¡Ah!

Al echarme un poco hacia atrás, pisé algo y perdí el equilibrio.

Un sudor frío me recorrió la espalda.

—¿Hm? ¿No ha oído algo, duque Depont?

—Ja, ja... Hace tanto que no limpio que supongo que se habrá colado alguna rata. Será mejor que nos movamos a otra parte.

Aquella noche vino a verme.

—Pensándolo bien, esa boca tuya ya no sirve para nada, ¿verdad?

Sentí el filo caliente de un cuchillo rozándome el cuello.

El sudor frío volvió a brotarme.

—Tú también estás de acuerdo, ¿no? Ah, mira que preguntarle su opinión a una herramienta... Qué tontería la mía.

Y así fue como perdí también la voz.

·       

Yo también tenía un sueño.

El sueño de convertirme en un gran violinista.

Todavía lo recuerdo.

—¿Cómo? ¿Que hasta ahora solo había escuchado música callejera? ¿Y aun así ha fabricado un violín como este?

A los diecisiete, un músico desconocido quedó profundamente conmovido por el violín que fabriqué después de perder la vista.

Me tomó de las manos con fuerza y me dijo:

—Yo creo que, si uno conoce una melodía sublime, puede volcarla en un instrumento y en sus cuerdas. Y más aún alguien como usted. Por eso quiero invitarlo a mi concierto.

Fui de la mano de mi hermano pequeño.

Al principio pensé que había descendido un ángel sin forma.

Era un canto a la vida que fluía junto a mis oídos.

Un arroyo que murmuraba como si hablara en voz baja, los brotes verdes alzándose en los prados. La lluvia primaveral empapando la vida que despertaba, y hadas danzando al son de la flauta de un pastor entre el rocío de la mañana.

Fue como si ante mí apareciera un mundo que jamás había visto en toda mi vida.

Si mi hermano no me hubiera dicho que aquello era una interpretación asombrosa, quizá ni siquiera habría sabido que se trataba de una ejecución musical.

Era Primavera, de Las cuatro estaciones, compuesta por el gran Antonio Vivaldi.

Aquella melodía inolvidable se convirtió en algo ardiente que se acurrucó en lo más hondo de mi pecho.

Pero jamás llegó a brotar.

Porque sabía demasiado bien que, en un mundo donde las discapacidades físicas eran vistas como una maldición del demonio, a mí ni siquiera me darían la oportunidad de tocar un violín.

Depont, en su retorcida obsesión por la música, era meticuloso.

Para fabricar mejores violines, me arrastraba a todos los conciertos que podía.

Y cuanto más escuchaba, más se calentaba aquella masa en mi pecho, hasta que ese pesar imposible de desatar empezó a devorar poco a poco este cuerpo.

En realidad, era inevitable.

Mi única comida del día eran trozos de pan duro, casi como piedras, y leche a punto de echarse a perder. Y había soportado veinte veranos en aquel taller polvoriento, sin ventilación alguna.

—¡Hh... hh...!

Ni siquiera tenía cuerdas vocales ya; de mi garganta solo escapaba una tos soplada, como aire roto. Aun así, me incorporé y volví a sentarme.

Instintivamente supe que aquella sería la última obra que mi cuerpo me permitiría terminar.

Tomé la cuchilla y empecé a tallar la madera, con cuidado, una y otra vez.

Y antes de unir la tapa, la etiqueta que debía ir pegada dentro.

Lo que rozó la punta de mis dedos fue mi último acto de rebeldía.

A estas alturas, ese bastardo daba todo por hecho y ya ni se molestaría en comprobarlo.

“Walter Albrecht”.

Pegué con cuidado aquella etiqueta, escrita seguramente con mano torpe, en el interior del fondo.

Luego cerré el violín con la tapa.

Sonreí.

Cuando lo terminara del todo, pensaba escapar.

Y por primera vez en mucho tiempo, me hundí en un sueño profundo.

·       

El día en que terminé la obra en la que había vertido absolutamente todo de mí, mi corazón estaba desbordado de esperanza.

Pero durante ese tiempo, la situación había cambiado de forma drástica.

Incluso en aquel cuchitril se sentía una agitación que hacía vibrar el suelo.

Poco a poco fue acercándose, hasta que terminó llegando justo allí.

Y por fin, tres palabras alcanzaron mis oídos:

—¡Liberté, Égalité, Fraternité!

Francés.

Libertad, igualdad, fraternidad.

Se oía con una fuerza atronadora, incluso desde lejos. Debían de ser muchas voces unidas en una sola.

Y junto a ellas, percibí una ira comprimida, tan densa que helaba la sangre.

Luego llegaron disparos. Gritos.

¡Bang!

La puerta del cuartucho se abrió de golpe en medio de un alarido.

Era el francés. Sus pasos sonaban desesperados.

—¡¿Qué haces, pedazo de basura?! ¡Los oídos no los tienes rotos! ¡Haz el equipaje!

Antes de que pudiera reaccionar, me arrastró fuera del cuartucho.

Que en ese momento lograra agarrar el estuche con mi violín dentro fue, sinceramente, un milagro.

Y no éramos solo él y yo quienes corríamos.

—¡A-ay, padre! ¿Qué hacemos? ¡Hermano, hermano!

—¡Cariño, pero qué está pasando, por Dios!

—¡Callaos de una vez y seguidme! ¡Tenemos que pedir asilo!

—¡Amo, por allí!

Corrimos entre la maleza. Las ramas me arañaban la cara, pero la mano áspera que tiraba de la correa de mi cuello no me soltó.

—¡Allí están! ¡Esos cerdos blancos que solo saben colgarse joyas!

—¡Disparad! ¡Matadlos a todos!

¡Bang! ¡Bang, bang!

El silbido afilado de las balas me pasó rozando los oídos. Alguien cayó.

—¡Cariño! ¡Mayordomo!

—¡M-mamá! ¡Ma... aaah!

—¡Rose! ¡No! ¡Malditos hijos de perraaa!

En un instante, solo quedamos dos.

El camino se volvió cada vez más empinado, y la lluvia de disparos cesó.

No tenía ni idea de qué estaba ocurriendo.

—Malditos insectos... Esos plebeyos de mierda... ¡Se atreven con una sangre noble, con mi familia...!

Su voz hervía de odio; no sabía si estaba llorando o gritando de rabia.

—Me basta con tenerte a ti. Mi herramienta irrepetible. Primero... primero huiremos a algún sitio, me abriré camino gracias a ti y luego alquilaré un ejército para exterminar a toda esa escoria miserable.

Justo cuando se detuvo un momento para recuperar el aliento...

—¡Allí! ¡Lo encontré!

—¡Maldición!

El francés tiró con brusquedad de la cuerda que me ataba. Y ese fue su error.

Tropecé con una piedra y caí al suelo de golpe, mientras las voces de los perseguidores se acercaban a toda prisa.

—¡Levántate! ¡Levántate de una vez, basura!

Por mucho que tirara, no sirvió de nada. Incluso con este cuerpo destrozado, el dolor era insoportable. Probablemente me había roto una pierna.

—¡Joder! ¡Maldita sea!

Tac, tac, tac, tac.

Reconocí aquellos pasos alejándose con desesperación.

Al final, había optado por abandonarme y huir.

Detrás de él fueron los disparos y varias personas más.

El ruido se apagó enseguida.

¿Había muerto? ¿Había sobrevivido?

No lo sabía.

Yo solo pude abrazar con todas mis fuerzas el estuche del violín y apoyarme como pude contra un árbol.

Mientras, a mi alrededor, tres pares de pasos se detenían.

Recé por misericordia.

—¿Y este qué es?

—Por la pinta, parece un esclavo.

—Entonces, ¿está de nuestro lado?

—¡Y una mierda! Si un aristócrata se lo llevaba consigo, será porque era un lameculos de cuidado. ¡Hasta el mayordomo al que has matado antes era un plebeyo al final!

—S-sí, tienes razón. Si queremos la revolución, hay que arrancar esa semilla de raíz.

Lo supe al instante.

Iban a matarme.

Quise gritar.

Que yo era un esclavo injustamente condenado. Que había sido un ciudadano honrado de un país vecino.

Pero las cuerdas vocales cortadas por el cuchillo no podían transmitir mi voluntad.

Escuché el clic metálico.

Sentí el calor del cañón acercándose a mi piel.

¿Iba a morir?

¿De verdad este era mi final?

El final con el que había soñado hasta hacía apenas unos días.

Escapar, aunque fuera para morir después. Tocar este violín una sola vez antes del final.

Y, de pronto, me invadió una rabia insoportable.

Odié con toda mi alma al cielo por haberme impuesto un destino como aquel.

«¿Qué... qué fue exactamente lo que hice tan mal?»

Vivía mi vida con normalidad y acabé vendido como esclavo. Después de eso, solo conocí sufrimiento. Incluso cuando me quedé ciego de repente, jamás me quejé. Cuando perdí la voz, tampoco te culpé.

Pero, Dios... ¿también vas a arrebatarme esto? ¿De verdad?

—¿Qué le pasa a este? ¿Está llorando?

—Supongo que le jode morirse después de pasarse la vida limpiándoles el culo a los poderosos.

Empecé a suplicar en mi interior.

Solo una vez.

Por favor, solo una vez.

Morir así sería demasiado injusto.

No pediré nada más. Así que, Dios, te lo ruego, solo una vez.

Clac.

—¿Qué hace este idiota?

—¿Un violín?

Con manos temblorosas, reprimí el temblor todo lo que pude, saqué el violín y lo apoyé sobre mi hombro.

Sabía la postura. Sabía cómo tocarlo.

Porque para construirlo, también debía conocer su uso.

Mi sueño siempre había sido uno solo.

No esas melodías vulgares de la calle, sino aquella hermosa música que encendió por primera vez un fuego en mi interior, cuando tenía diecisiete.

Esa pieza que dirigía aquel músico sin nombre.

Tocarla con estas manos...

¡Bang!

Mi sueño estalló y se dispersó como sangre.

—¿Y este qué se cree, un héroe trágico? Encima posa delante de un arma.

—Tsk. Perro de mierda. Vámonos.

Sus pasos se alejaron, indiferentes.

—Hhh... hhh...

Sentí en el corazón un dolor más intenso que cualquier otro.

La vida entera se me escapaba del cuerpo como el agua al romperse un dique.

Tirado en el suelo, arrastré hacia mí el violín que no había soltado. Me lo subí al hombro. Coloqué el arco sobre las cuerdas.

«Por favor... solo... una vez...»

Pero antes siquiera de rozarlas, mis pensamientos... y mi corazón... terminaron por—

·       

—¡Hah!

En una habitación a oscuras, iluminada solo por el televisor encendido, el joven acabó desplomándose contra la pared. El sudor frío le corría como lluvia por todo el cuerpo.

¡Pum, pum, pum, pum!

Aún sentía el dolor del corazón ardiendo, la sensación de haber aferrado el violín hasta el último instante.

Se llevó la mano al pecho con fuerza. La ropa se arrugó bajo sus dedos. Y aun así, aquellas sensaciones seguían ahí, en sus manos, en su pecho.

Como si lo acabara de vivir de verdad.

Levante la cabeza. Vi en la televisión.

En un programa de actualidad cultural aparecía un violín extraño.

El cuerpo del instrumento y el mástil estaban manchados de un rojo negruzco, como si algo se hubiera extendido sobre ellos de forma irregular.

“Walter’s Blood”.

Así lo llamaban en la pantalla LED.

Pero eso no era un diseño.

Sus manos lo sabían. Aquella mancha de sangre en el mástil... sin duda era el lugar que él había sujetado por última vez.

Y entonces la cámara hizo zoom al interior de la efe del violín, mostrando una vieja etiqueta con una caligrafía torpe.

—Ah...

Por fin, el joven, Lee Jahyun, lo entendió.

Él había sido Walter.

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