El Grupo Taehyun.
Uno de los mayores conglomerados de Corea del Sur, con una presencia imponente en sectores clave como la construcción, la electrónica y la biotecnología.
Y, como gigante de semejante calibre, cada uno de sus movimientos era noticia y un paso importante que nadie podía permitirse ignorar.
Porque había innumerables personas entrelazadas con el grupo como hilos de una misma madeja, personas que podían reír o llorar según lo que Taehyun hiciera.
Por eso, cuando hace tres años el Grupo Taehyun tomó aquella decisión tan repentina, el mundo no fue capaz de comprenderla.
Las palabras que el presidente Lee Kangcheol pronunció con expresión solemne ante los periodistas fueron estas:
—El próximo mes, el 10 de octubre de 2021, Taehyun pondrá pie en un terreno que todavía no ha explorado.
Aquello significaba que iban a fundar una nueva empresa.
Cuando un reportero preguntó a qué sector se dedicaría, Lee Kangcheol respondió con firmeza:
—Será, en primer lugar, Taehyun Instrumentos, centrada principalmente en el violín. Y Taehyun Instrumentos piensa empezar desde abajo, basándose en violines de muy bajo coste.
Los periodistas se quedaron helados.
¿Instrumentos? ¿Había dicho instrumentos?
Hasta se preguntaron si de verdad habían oído bien.
Uno de ellos logró recomponerse a duras penas y formuló la pregunta más obvia:
¿Por qué instrumentos, precisamente?
La respuesta llegó de inmediato.
—Porque si un instrumento coreano pudiera algún día codearse con los de Francia, Italia o Japón, sería algo que llenaría de orgullo a nuestra gente y elevaría el prestigio del país.
Sonaba bonito.
Y, de hecho, era cierto que entre los instrumentos utilizados por intérpretes famosos apenas había presencia de fabricación coreana.
Pero nadie era tan ingenuo como para no darse cuenta de que aquello no era más que una razón superficial.
En medio de muchas dudas, Taehyun Instrumentos abrió sus puertas oficialmente y, fiel a su promesa de empezar desde abajo, el violín más caro de la marca costaba apenas trescientos mil wones.
Y no, no era que le hubieran metido el valor de la marca Taehyun para inflar el precio.
Más bien al contrario.
La calidad era mejor que la de muchos violines del mismo rango de precio que proliferaban por todo el mercado coreano.
Claro que, tratándose de instrumentos clásicos como el violín, incluso los de más de un millón de wones seguían considerándose modelos de iniciación.
Pero, para alguien que solo quiere probar por curiosidad, ¿quién suelta con facilidad un millón de wones?
Y entonces aparece Taehyun Instrumentos.
La opinión general era que sus violines eran mucho mejores que los de otras marcas del mismo precio, y además llevaban detrás el nombre confiable de Taehyun.
Era natural que la marca acabara asentándose con fuerza.
A eso se sumó que, a nivel de grupo, empezaron a patrocinar a intérpretes con talento para no dejar que su don se perdiera en el olvido.
Y así pasaron tres años.
Su seriedad, esa negativa tajante a hacer las cosas a medias aunque se tratara de productos baratos, y su actitud favorable hacia los músicos se mantuvieron intactas todo ese tiempo.
La confianza del público en Taehyun Instrumentos había alcanzado ya un nivel casi inamovible, tan sólido como el hormigón.
Y fue entonces, en el momento que llevaba años esperando, cuando el presidente Lee dijo hace unos meses:
—Ha llegado la hora de que Taehyun Instrumentos dé el siguiente salto.
—Hasta ahora, nuestra producción ha sido cien por cien industrial, pero a partir de aquí presentaremos obras realizadas con un sistema semindustrial y semimanual.
Si hubieran intentado empezar directamente con instrumentos de alta gama, lo único que habrían recibido habrían sido miradas de escepticismo y una lluvia de críticas por falta de experiencia.
Pero Taehyun Instrumentos había cumplido con constancia todo lo que prometió.
Por eso, era completamente natural que la opinión pública estuviera ahora expectante por ver qué nivel de calidad serían capaces de ofrecer.
...Hasta ahí leyó Jahyun antes de apagar la pantalla del móvil.
—Así que los violines que vi antes detrás de esos dos eran las piezas que están a punto de presentar.
Hmm.
—Aunque, que mi padre se implique personalmente en esto...
Recordó uno de los comentarios que había leído al final de aquel foro de actualidad y análisis.
[¿Cuál será la verdadera razón por la que el presidente Lee Kangcheol se implica tan directamente en este negocio?]
[Su esposa fue violinista profesional, pero incluso entonces Lee Kangcheol era conocido por no mostrar apenas interés por la música clásica.]
[No digo que sea algo malo. Si Taehyun Instrumentos consigue convertirse aunque sea en el Steinway del mundo del violín, ya sería fantástico. Solo me da curiosidad. Quiero saber cuál es su verdadera intención.]
Era un comentario que daba exactamente en el blanco con la duda que tenía todo el mundo.
Pero Jahyun no sentía curiosidad alguna.
Y era lógico, porque él sí conocía las verdaderas intenciones del presidente Lee Kangcheol.
Más exactamente, lo sabía toda la familia del presidente.
Aquel negocio no era otra cosa que una torpe forma de pedir perdón.
«A mi madre... y a mí.»
Su madre provenía de una familia normal, pero su relación con su padre había sido uno de esos casos raros nacidos del amor verdadero.
Y hasta hacía seis años, ambos se habían llevado extraordinariamente bien.
Si las ideas que tenían sobre la educación de su hijo no hubieran empezado a chocar, quizás todo habría seguido igual.
Como ya se ha dicho, Lee Jahyun era el hijo menor.
Tenía un hermano mayor que le sacaba nada menos que veintitrés años.
Lee Kangcheol quería que ayudara a su hermano y contribuyera al grupo como un miembro más de la familia.
Su madre, en cambio, quería que Jahyun viviera como él deseara.
Después de todo, el hijo mayor ya era prácticamente el heredero indiscutible del grupo, y hasta el nieto había mostrado interés por la gestión. Con eso bastaba y sobraba.
Pero Lee Kangcheol no era el tipo de hombre que cede en sus opiniones.
Así que Jahyun, que entonces apenas era un niño de primaria, acabó sometido a una agenda demasiado pesada para él.
Clases escolares, por supuesto, pero también estudios adelantados, formación cultural, etiqueta, conocimientos generales sobre cómo funcionaba el grupo y hasta contenidos más avanzados.
«Por desgracia, el segundo hijo nacido de un tigre no siempre resulta ser otro tigre.»
Al principio lo soportó bien.
Pero Jahyun fue agotándose poco a poco.
Todo aquello que en su día su hermano había superado sin inmutarse resultaba demasiado duro para él.
Hiciera lo que hiciera, siempre sentía que estaba a la sombra de los resultados que su hermano había dejado atrás. Ese estrés no tardó en carcomerlo y acabar empujándolo a la desesperación.
Y entonces, a los ojos de aquel niño agotado, apareció el alcohol.
Solo tenía trece años.
«¡¿Qué demonios has estado haciendo en esta casa?! ¡¿Cómo no te diste cuenta de que el niño escondía alcohol?!»
«¿Y esto es culpa mía? ¡Eres tú quien no deja de presionarlo!»
Esa fue la primera grieta en un matrimonio que hasta entonces había destilado miel.
Y, al mismo tiempo, las desviaciones de Jahyun, lejos de mejorar, fueron empeorando.
Aquella pequeña herida terminó convirtiéndose en un agujero imposible de tapar, hasta el punto de que incluso la palabra divorcio llegó a salir de labios de ambos.
El divorcio se evitó por los pelos.
Gracias a su hermano, Lee Kanghyun.
Aquel día en que la lluvia caía como un látigo sobre el mundo.
Lee Kanghyun regresó empapado y, arrastrando los pies, le dijo una sola frase:
«Me decepcionas.»
En los ojos hundidos de Lee Kanghyun, aquella figura enorme cuya sombra siempre lo aplastaba, había una decepción tan clara que, para Jahyun, que ya sentía rechazo hacia su hermano, aquello solo consiguió que se torciera todavía más.
Desde entonces, su padre empezó a reprochárselo a sí mismo.
Sintió que si su hijo se había descarriado, era culpa suya.
Y que la discordia con la mujer que amaba, provocada por todo aquello, también era culpa suya.
Pero no tenía un carácter capaz de disculparse con sus propias palabras.
Los adultos de aquella generación eran así.
Y, tras mucho pensarlo, esa fue la conclusión a la que llegó:
reconciliarse de forma indirecta.
Jahyun, aunque fuera siguiendo un poco la influencia de su madre violinista, al menos había mostrado algo de interés por el violín.
Y como cabeza de familia, Lee Kangcheol decidió ofrecer un regalo de reconciliación a su manera.
Por eso fundó Taehyun Instrumentos.
«La escala es un poco descomunal, eso sí.»
El presidente Lee Kangcheol era, en el fondo, un padre recto que no apartaba la mirada de aquello que consideraba un error suyo.
Creeeak.
Hundido en la silla, Jahyun cerró los ojos.
Y se sumió en sus pensamientos.
Como Walter, empezó a diseccionar lentamente al ser humano llamado Lee Jahyun.
—...
Pasó un momento.
Sus ojos, hasta entonces cerrados, se abrieron a medias.
Y de sus labios salió una conclusión que sonó casi como un suspiro.
—Al final... el mayor problema fui yo, ¿no?
En realidad, no podía decirse que toda la culpa fuera suya.
Pero sí había una certeza absoluta:
quien tomó aquella pequeña causa y la convirtió en una bola de nieve imparable había sido Lee Jahyun.
—Cómo pude meterme yo solo en un pantano así... Tsk.
La verdad era que nadie lo había comparado nunca con su hermano.
Cada resultado que obtenía era elogiado, y sus esfuerzos eran reconocidos.
Si se miraba con objetividad, las aptitudes de Jahyun tampoco habían sido nunca malas.
—Qué mezquino y miserable eras... yo.
Cuando sus resultados eran peores que los de su hermano, ¿había intentado esforzarse más para superarlo?
No.
Lo único que hizo fue cumplir, sin más, con lo que le imponían.
Y también había preferido ignorar desde cuándo su hermano había empezado a pasarse las noches en vela.
A los trece años, se escudó en eso para no resistirse a la curiosidad por el alcohol.
Y después siguió entrando por su propio pie en esa tentación una y otra vez.
«Para consolarme pensando que, si me convertía en un golfo borracho, entonces era normal ser peor que mi hermano.»
Ese era el verdadero origen del derrumbe de su familia.
—Qué inútil.
Era un hombre verdaderamente patético.
Jahyun abrió los ojos del todo.
No podía dejar las cosas así.
—Lo arreglaré.
En su vida anterior su familia también había quedado destrozada.
No permitiría que en esta vida ocurriera lo mismo.
Porque ahora ya no era aquel Lee Jahyun inmaduro y caprichoso.
Toc, toc.
Justo en ese momento llamaron a la puerta.
—Sí, adelante.
Era el chófer Kim.
Tras inclinar levemente la cabeza, habló.
—El presidente dice que baje.
Jahyun miró el reloj.
Era la hora de comer.
—Sí, vamos.
El chófer Kim vaciló un instante, pero parecía que por fin se estaba acostumbrando a que le hablara con respeto, así que enseguida recuperó la compostura.
—Ah, por cierto, ¿quiénes están abajo?
—Están el presidente, el vicepresidente... y el joven amo menor.
Eso significaba que estaban su padre, su hermano... y el hijo de este.
Es decir, su sobrino.
Perfecto.
·
Cuando Jahyun llegó al comedor, toda la familia ya estaba sentada alrededor de la mesa.
Lee Kangcheol, con el cabello encanecido, seguía irradiando la misma severidad de siempre.
A su lado estaba Lee Kanghyun, idéntico a él hasta en el porte. Sus ojos se posaron en Jahyun unos segundos antes de volver al frente.
Y, por último, Lee Jun, el hijo de su hermano y también nieto de su padre.
Por parentesco, era su sobrino.
Pero ambos tenían la misma edad.
«Vaya árbol genealógico más retorcido.»
Jahyun tomó asiento en silencio.
—Comamos.
En cuanto habló el rey de aquella casa, las cucharas de todos empezaron por fin a moverse.
Mientras el único sonido que llenaba el aire era el de las pulcras cucharas y cuencos de latón al rozarse entre sí...
«Qué demonios... ¡¿Por qué está todo tan bueno?!»
Jahyun abrió los ojos de par en par.
Y volvió a alargar la mano.
Era kimchi jjigae.
En una sola cucharada se llevó caldo rojo, kimchi teñido por el guiso, un buen trozo de cerdo y un pedazo de tofu.
Y dio un bocado.
«Increible.»
Dios santo.
Acto seguido mordió un trozo de kkakdugi.
El interior de su boca, aún tibio por el estofado, se llenó de una frescura crujiente que casi parecía estallar.
«Esto es una locura.»
Y, en realidad, no podía ser de otra manera.
Para Jahyun aquello era una comida familiar, sí, pero los recuerdos de su vida pasada seguían igual de vivos.
Una vida esclava en la que había pasado casi toda la existencia alimentándose de panes duros como piedra.
Era inevitable que cada bocado se sintiera como un éxtasis, igual que la lluvia sobre una tierra agrietada por la sequía.
Quizá por eso tardó en darse cuenta de que a su alrededor reinaba un silencio extrañamente denso.
—Eh... ¿no van a comer?
Solo entonces los otros tres parecieron tomar conciencia de su propia reacción y reanudaron la comida.
—Me alegra ver que comes con gusto.
—Ejem. Parece que el paladar de Jahyun ha cambiado.
—Esto es una locura... ¿de verdad me está hablando de usted...?
Uno de ellos, claramente, estaba sorprendido por otra cosa.
Pero, fuera como fuese, aquello bastó para romper el hielo.
Lee Kangcheol le preguntó a Lee Kanghyun:
—Ahora que lo pienso, ¿y tu esposa? ¿Por qué has venido solo?
—Fue a visitar a sus padres.
—¿Qué? ¿Pelearon?
Lee Kangcheol lanzó la pregunta en seco, mirándolo de golpe. Era normal que reaccionara así, considerando que llevaba cuatro años viviendo separado de su propia esposa.
Lee Kanghyun respondió con calma.
—No, padre. Fue a verlos, sin más.
—Es verdad, abuelo. Mi padre no pudo ir con ella solo porque tenía trabajo.
Con el apoyo inmediato de Lee Jun, Lee Kangcheol asintió.
—Ejem. No discutan.
—Sí.
—En fin, dejando eso aparte... ¿Has acomodado bien en el anexo al lutier Kim y a su nieto?
—Deben de estar comiendo ahora. Supuse que se sentirían más cómodos allí que compartiendo mesa con nosotros.
—Has pensado bien. Sea como sea, sobre los violines que vamos a sacar esta vez...
Los dos pasaron enseguida a hablar de trabajo.
Como estaban hablando de violines, Jahyun se dispuso a escuchar con interés, pero entonces—
Toque.
Alguien le golpeó el dorso de la mano desde al lado.
Molesto por la interrupción, Jahyun giró la cabeza con fastidio.
Allí estaba Lee Jun, su sobrino de la misma edad.
—Eso. El tofu estofado.
Ni bien se volvió, el otro hizo un gesto seco con la barbilla hacia el plato.
Menudo insolente.
Jahyun siguió la dirección de su mirada.
Y dejó escapar una risa incrédula.
«Vaya, míralo.»
El plato estaba lo bastante cerca como para que el muchacho pudiera alcanzarlo con solo estirar un poco más la mano.
Pero no quería moverse, así que estaba mandando a Jahyun hacerlo por él.
En otras palabras...
El sobrino.
Mandándole al tío.
Jahyun lo miró, estupefacto, y Lee Jun le devolvió una mirada feroz, como si intentara intimidarlo.
Solo entonces Jahyun entendió por qué actuaba así.
«Así que me culpa de haber separado a sus tan adorados abuelos.»
Y, además, el antiguo Jahyun le había tenido miedo.
«Supongo que aunque me enfrentara a un padre que no se atrevía a pegarme, sí temía a Lee Jun, que me arrastraba a un rincón y me soltaba puñetazos con sus propias manos.»
Vaya talento el suyo, hasta para escoger exactamente al tipo de persona del que hacerse víctima.
Pero, en fin, ¿qué se le iba a hacer?
Era el karma de esta vida.
«Aunque eso no significa que tenga que seguir dejándome pisotear.»
Jahyun sostuvo la mirada de Lee Jun con total calma.
«El crío se esfuerza, eso hay que reconocerlo.»
Puede que en el pasado hubiera sido un esclavo, pero eso no significaba que tuviera un espíritu servil.
Ni una sola vez lo había tenido.
Si no hubiera sido por el dinero de las clases de su hermano pequeño, hacía tiempo que le habría clavado el cuchillo de tallar en las costillas a ese cerdo de Depont.
Y mucho menos iba a dejarse intimidar por alguien cuando ni siquiera había temido al cañón de un arma.
Ahora, la amenaza de su sobrino le parecía poco más que el alarde de un matón de barrio.
Hasta le resultaba tierno.
Así que...
Sonrió.
Y lo hizo con esa clase de sonrisa deliberadamente molesta.
El rostro de Lee Jun se torció al instante.
Sus labios parecían decir: ¿este cabrón se ha vuelto loco o qué?
Jahyun simplemente inclinó un poco la cabeza.
Más allá de ellos, su padre y su hermano seguían completamente absortos en su conversación de trabajo.
Ten un poco de juicio.
Eso era lo que quería decirle.
Lee Jun entendió el mensaje y apretó los labios.
A propósito, cerró una mano en un puño para que lo viera, y luego se inclinó para coger él mismo el tofu estofado.
La distancia entre ambos se redujo de forma natural.
—Luego te veo —murmuró.
Jahyun respondió con absoluta tranquilidad:
—Sí. Ven tú.
—Tú...!
Fue entonces cuando—
—¡¿Quién está armando tanto escándalo en la mesa?!
Intervino el presidente Lee Kangcheol.
El momento perfecto para Jahyun.
—No es nada, abuelo.
—No pasa nada, padre.
Jahyun sonrió para sus adentros.
«Será una tontería de críos, pero tiene su gracia.»
Al fin y al cabo, solo tenían diecinueve años.