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—Walter, no te conviertas en un cadáver.

Era la noche anterior al Año Nuevo.

Afuera, una ventisca feroz azotaba sin descanso, y los postigos de madera temblaban con un crujido lastimero.

Tac, tac

En la casa en penumbra, saltó una chispa del hogar.

—¿Eh?

Walter, que entonces tenía quince años, miró a su viejo maestro, sin estar seguro de haber oído bien.

Hacía ya tres años desde que aquel hombre se había establecido de repente en el pueblo y él, por simple curiosidad, había empezado a rondarlo porque le parecía fascinante lo que hacía, hasta acabar convirtiéndose en su discípulo.

Y, en todo ese tiempo, su maestro jamás había dicho algo tan extraño de la nada.

Sin embargo, el anciano, sentado en su silla, no apartaba la vista del resplandor rojizo del fuego.

—Walter, yo fui un cadáver.

Otra frase incomprensible.

Ese no era el maestro de siempre.

Tampoco era la misma atmósfera.

No era aquella gran espalda que, sin achicarse, se había enfrentado a los abusos de su padre borracho para aceptarlo como discípulo de manera formal.

Walter tragó saliva.

Tuvo un mal presentimiento.

Y, al mismo tiempo, la intuición de que no debía interrumpirlo.

De entre sus palabras empezó a brotar un arrepentimiento añejo, fermentado durante años.

—Al ver a Antonio Stradivari soñé con convertirme en lutier. Pero jamás logré superarlo. Ni siquiera hasta el día de su muerte.

—...

—Bartolomeo Giuseppe Guarneri. Aquel mocoso insolente vino a retarme. Perdí sin remedio. Y tampoco pude superarlo jamás, ni siquiera hasta el día en que murió.

Los ojos del anciano seguían fijos en las llamas del hogar.

Walter no sabía qué veía en ese rojo ardiente.

—Después de que ambos murieran, dediqué varias décadas más a intentar al menos superar sus sombras. Fracasé. Y entonces alguien me dijo algo.

—...

—Que, si aquellos dos no hubieran existido, yo habría sido el mejor de mi época.

¡Tac!

Una chispa grande saltó del fuego.

La brasa, que había revoloteado un instante en el aire, cayó junto a los pies del anciano.

Así de cerca estaba del hogar.

—Aquel mismo día destruí todas mis obras y bajé hasta este lugar, que ni siquiera era mi tierra natal. Quise abandonarlo todo y desaparecer como nadie.

No debí hacerlo.

Si no lo hubiera hecho, quizá este presente habría sido diferente.

Fue un murmullo tan bajo que apenas parecía audible.

Por fin, el anciano cerró los ojos.

Como si estuviera tragándose algo.

—Por eso, Walter... discípulo insolente que en solo tres años me arrebató todo lo que tenía...

—...Sí, maestro.

—No te conviertas en un cadáver.

Cuando volvió a abrir los ojos y al fin miró de frente a Walter, algo ardía en su interior por última vez.

—No dejes que se apague tu fuego. Pase lo que pase, caigas donde caigas, no permitas que se apague.

Su mirada estaba tan encendida que parecía querer grabar aquellas palabras en él.

—Eso que llevas dentro es más grande que lo que tuvieron esos dos antes de marcharse. Es tu brújula. No vaciles. No lo pierdas jamás.

Era su última voluntad.

—No... te conviertas... en un cadáver...

 

—Un sueño...

Era un recuerdo muy antiguo.

Aquel excéntrico benefactor que le cambió la vida por completo, salvándolo de acabar muerto a manos de su padre o resignado a vivir como un simple campesino.

Y también la razón por la que, incluso en los años infernales de su esclavitud, siguió persiguiendo la excelencia hasta el final.

En aquel entonces no entendió sus palabras, pero, con el tiempo, Walter comprendió el verdadero sentido del último legado de su maestro.

Si eres un artesano, entonces, sin importar tu situación, tu miseria o lo que hayas llegado a ver, no te rindas y persigue siempre lo mejor.

Quizá por eso...

Jahyun se había sentido sacudido al oír aquellas palabras en el taller manual de Taehyun Instrumentos.

No le gustaban esos artesanos tan endebles de espíritu.

—¿Qué pasa? Les he dicho que hagan las maletas.

—...

—¿O creen que, como yo no tengo autoridad para decidir despidos, aquí no pasa nada? Porque, si se sabe que trabajan con esa mentalidad en este taller, me da que van a acabar fuera por su cuenta.

Al fin y al cabo, presionar directa o indirectamente era una de las especialidades de cualquier empresa.

‘...’

La cara de Kim Seokho se fue poniendo cada vez más roja.

No de rabia.

Sino de vergüenza.

Porque, entre todo lo que había dicho el segundo hijo del presidente de Taehyun, ¿qué había de falso?

Por mucho que hubiera sido una broma, eran palabras que un artesano jamás debería permitirse decir.

—Lo siento.

Se inclinó sin vacilar.

Y en su gesto había una sinceridad innegable.

—...

Al verlo, Jahyun pensó:

«Al menos, no parece un idiota del todo.»

Los rostros de los otros lutieres también estaban bastante enrojecidos.

A juzgar por cómo miraban a Kim Seokho, parecía que las palabras que ellos mismos habían soltado hacía un momento les estaban resonando otra vez en la cabeza.

Por lo que le había contado el chófer Kim, todos eran discípulos formados bajo un maestro bastante sólido.

Viéndolos recapacitar tan deprisa, daba la impresión de que, al menos en cuanto a personas, sí habían enviado a la gente adecuada.

«Si ya se están corrigiendo solos, no tiene sentido seguir apretando.»

Todo el mundo se equivoca.

Jahyun se encogió de hombros.

—Ya está. No he venido aquí a montar una pelea, ni tengo derecho a hacerlo.

—Entonces... ¿a qué ha venido?

La pregunta la hizo uno de ellos.

En realidad, llegaba bastante tarde.

La irrupción de Jahyun había sido tan tempestuosa que aquella duda lógica solo acabó saliendo ahora.

—Supongo que todos lo habrán oído de una forma u otra. El asesor lutier que había aquí estuvo engañando a la empresa y lo despidieron. Y también habrán oído que fui yo quien descubrió la trampa.

Era, precisamente, el tema del que estaban hablando hacía un momento.

Los lutieres asintieron.

—Así que he venido, aunque sea de forma temporal. Lo prometí. Dije que al menos ayudaría con la próxima pieza de Taehyun.

Jahyun recorrió con la mirada los rostros frente a él.

Eran expresiones un poco tiesas.

No se atrevían a exteriorizarlo, pero era fácil leerlo.

¿Y tú quién eres para eso?

Jahyun no se ofendió por esa reacción.

Era completamente normal.

Al fin y al cabo, la gente siempre confía más en lo que ha visto con sus propios ojos.

Sin decir nada, abrió su estuche y sacó su violín.

¿Por qué de repente un instrumento?

Los artesanos solo podían mirarlo, desconcertados.

Sin prestar atención a sus reacciones, Jahyun pasó el arco con firmeza por la cuerda de sol.

«Esto...»

En cuanto oyeron ese grave, los lutieres pensaron por puro instinto:

«Qué desperdicio.»

A simple vista ya se notaba que era un violín antiguo, de más de cien años.

Y si pertenecía al segundo hijo del Grupo Taehyun, era obvio que valdría una fortuna.

Pero...

«El sonido está completamente muerto.»

Aun así, se podía adivinar lo bueno que debió de ser en su mejor momento.

Sin embargo, el ruido parásito que se colaba al vibrar las cuerdas era demasiado evidente.

La resonancia no se proyectaba bien, como si el sonido se escapara por alguna parte, así que el volumen se venía abajo.

Además, la uniformidad del timbre estaba rota.

«Hay demasiadas cosas que corregir. Y, si tocas donde no debes, lo más probable es que pierda hasta su carácter original.»

Para un violín, su carácter es el equivalente al alma de una persona.

¿Si no, por qué Stradivari y Guarneri seguían siendo legendarios después de tantos siglos?

Porque tenían un sello propio que ningún otro fabricante podía reproducir.

«Si lo arreglas y ese carácter muere, entonces habría sido mejor no tocarlo.»

Era la conclusión natural a la que llegaban los lutieres de Taehyun.

Jahyun fue observando sus caras una a una.

Ni hacía falta que hablaran.

Podía adivinar perfectamente lo que pensaban.

Bajó el violín con calma y les dijo:

—Por sus caras, veo perfectamente lo que están pensando. Pero yo sí voy a intentar arreglarlo.

—¿Perdón?

Fue Kim Seokho quien respondió por puro reflejo.

¿Arreglarlo?

¿Eso?

Pero la expresión de Jahyun no cambió.

—Es una especie de condición. Si viniera aquí diciendo sin más que voy a ayudarlos, sin enseñar antes nada, ¿de verdad les bastaría con eso?

—Bueno... no exactamente, pero...

Kim Seokho fue sincero sin querer, y enseguida cerró la boca.

Por suerte, parecía que al segundo hijo del presidente no le importaba.

—Entonces tendré que demostrar algo, ¿no? Solo así mis palabras tendrán peso.

Todo lo que decía tenía sentido.

Por eso Kim Seokho no supo qué replicar.

Salvo por una duda.

—Pero, sinceramente, hay algo que me intriga.

—¿El qué?

—¿Por qué se está implicando tanto?

Pongamos que los rumores eran ciertos y Lee Jahyun tenía un talento descomunal.

Aun así, ¿qué ganaba viniendo hasta allí a ayudarlos?

Con haber evitado ya la estafa de aquel anciano, como tercero ajeno al asunto, había hecho más que de sobra.

—Ah, ¿eso?

Ante la pregunta más importante de todas, Jahyun solo sonrió de lado.

—Porque quiero comprobar hasta dónde puedo llegar yo ahora.

—...¿?

No se entendía.

Pero Jahyun no añadió nada más.

 

—Sss... haaa...

En el taller privado reservado para los asesores lutieres, Jahyun cerró los ojos y respiró hondo, lenta y profundamente.

Arce, abeto, y un ligero olor metálico mezclado con todo ello.

Aromas cálidos, cargados de recuerdos.

Olores que evocaban un pasado remotísimo.

Aunque solo hubieran sido tres años, se parecían mucho al olor del taller de su maestro.

Como si fueran un recuerdo silencioso.

—Qué bien.

Abrió los ojos despacio.

Esta vez saboreó la escena que se desplegaba ante él.

Cuchillos de talla bien ordenados, gubias, prensas, colocadores de alma, moldes de sujeción, maderas secas alineadas a lo largo del lugar.

Una nostalgia que, desde que perdió la vista, jamás había podido contemplar.

Era casi como si se le cruzaran imágenes de cuando su maestro lo regañaba, o de cuando se quedó solo fabricando después de su muerte.

—Qué buena época.

Añoraba el pasado.

Pero también le gustaba el presente.

Poder trabajar de noche como si fuera pleno día... qué mundo tan maravilloso.

«Hasta aquí la nostalgia.»

Jahyun se dejó caer en la silla de trabajo.

Y casi al instante, su expresión se volvió seria.

Frente a las herramientas y los instrumentos, se convertía en alguien más solemne que nadie.

Tac.

Sacó el violín del estuche y lo dejó sobre la mesa.

«Sí... está hecho trizas.»

Ni siquiera necesitaba tocarlo para darse cuenta.

A simple vista se veían grietas por varios puntos, y las junturas entre unas placas y otras se habían abierto demasiado.

«Tampoco se controló bien la humedad... y encima ahora es invierno, así que la madera está más contraída de la cuenta.»

El estado era desesperante.

Y, aun así, en la boca de Jahyun solo asomó una sonrisa.

«Esto va a ser divertidísimo.»

Su corazón se aceleró.

Poder volver a mirar instrumentos y tocarlos con sus propias manos.

Tener delante un violín en el peor estado posible, perfecto para poner a prueba hasta dónde llegaba realmente su habilidad.

¿Cómo no iba a emocionarlo un desafío así, una ocasión perfecta para demostrarse a sí mismo quién era?

Extendió la mano sin vacilar.

Sacó el alma a través del orificio en f con una varilla metálica ligeramente doblada.

Su mano no se detuvo.

Tomó una espátula metálica de uso artístico y la deslizó sin dudar entre la tapa y el aro.

«Primero, desmontarlo.»

La fina espátula avanzó por la curva del violín con rapidez y delicadeza al mismo tiempo.

A cualquiera que lo viera, aquel ritmo de manos le parecería casi temerario.

En muy poco tiempo, Jahyun separó la tapa.

Y ni una sola veta de la madera resultó dañada.

«Es rápido... y además preciso.»

Cuando perdió la vista, ¿cuánto cuidado no había puesto en cada mínimo movimiento de sus dedos?

Incluso antes de las amenazas de Depont, como artesano nunca toleró su propia lentitud.

Odiaba esconderse detrás de la excusa de ser ciego.

Gracias a eso, incluso sin ver había llegado a trabajar a un ritmo impresionante.

Y ahora podía ver.

Su cuerpo era joven.

Y sus sentidos estaban en el mejor momento.

Sus ojos y sus manos recorrieron el reverso de la tapa ya separada.

En su cabeza se ordenaron de inmediato los problemas.

«Grietas. Deformación. Para solucionarlo necesitaré pequeños refuerzos de sujeción. Habrá que colocarlos arriba y abajo, más o menos.»

Esos refuerzos eran, en esencia, vendajes de madera.

Se pegaban sobre las zonas agrietadas para reforzar la unión.

Su decisión fue rápida.

Y sus manos, aún más.

En un instante tomó un cuchillo de talla, eligió una pieza de madera seca y empezó a trabajarla.

«Qué bien. Esto es maravilloso.»

Ya no tenía grilletes a sus pies.

No estaba en el taller de Depont, donde hasta el viento quedaba atrapado.

El mundo era libertad.

Y él estaba dentro de esa libertad.

Una alegría casi salvaje empezó a llenarlo por dentro.

«De verdad... yo...»

Estoy vivo.

Y la risa que brotó desde lo más hondo de su pecho acabó por prenderse en sus labios.

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