¡Bang!

—Oye.

Después de terminar de comer, Jahyun regresó a su habitación.

Justo cuando iba a dejarse caer sobre la enorme cama, Lee Jun apareció sin tardar.

—¿Qué te pasó hoy, tío? ¿Te volviste loco o qué? ¿Por qué te comportaste así?

La forma en que se acercaba, pavoneándose, era bastante amenazante.

La genética de la familia Lee era realmente feroz, así que incluso habiendo pasado por Lee Kanghyun, no había perdido aquella estructura ósea robusta.

Claro que Jahyun había heredado la misma sangre, pero, a diferencia de él, que se había echado a perder con el alcohol, Lee Jun había llevado una vida bastante más disciplinada, así que no era precisamente alguien cuya complexión pudiera ignorarse.

—¿Dónde quieres que te dé esta vez? ¿Te reviento otra vez el músculo del costado del muslo, como la última vez?

Lee Jun se plantó frente a él y le golpeó la frente con la suya. 

Toc. Toc.

—¿Por qué no contestas? Antes ladrabas como un perro, ¿y ahora qué? ¿Te cagaste?

Jahyun siguió en silencio.

Eso, lejos de calmar a Lee Jun, empezó a parecerle ridículo, irritante y profundamente exasperante.

—Oye, pedazo de... Esto ya me está tocando los talones de verdad. Hace un rato te creías muy valiente porque estabas a la sombra del abuelo, ¿y ahora te entra el miedo y metes el rabo entre las piernas? ¿Me estás tomando el pelo?

Solo entonces Jahyun abrió la boca.

—Entonces, ¿has venido a pegarme como antes?

—Sí. Si te pasas de listo, claro que te pego.

Fue en ese momento.

—Entonces, si viniste a repartir puñetazos... ¿por qué hablas tanto?

Una sonrisa incrédula cruzó la comisura de los labios de Jahyun.

—¿Qué? Tú, hijo de—

Toc.

De pronto, el campo de visión de Lee Jun se inclinó.

¡Pum!

—¿Eh?

Un dolor sordo empezó a subirle por el cuerpo.

Pero más que eso, Lee Jun no entendía qué estaba pasando.

¿Por qué no estaba viendo la cara de Lee Jahyun, sino sus pies?

Como si...

Sí, como si se hubiera caído.

Espera. ¿Caído? ¿Yo?

¿Pero cómo?

Lee Jun alzó la cabeza de golpe al sentir una sombra encima de él.

Y, efectivamente, por alguna razón incomprensible, Jahyun lo estaba mirando desde arriba.

Solo entonces Lee Jun se levantó de un salto.

—¿Qu... qué mierda? ¿Eh?

—Jun.

Se estremeció.

—Hablas demasiado.

Una vez más.

toc

Y otra vez el mundo se le vino abajo.

Al repetir exactamente la misma situación, como un déjà vu, Lee Jun por fin comprendió.

Ese bastardo le estaba barriendo la pierna una y otra vez con un timing endiabladamente preciso.

—¡Hijo de puta!

Lee Jun se levantó lleno de furia.

Pero el resultado fue el mismo.

Toc.

¡Pum!

«¡Mierda, pero qué mierda es esta pasando!»

¿Había aprendido algo raro en internet o qué?

Tras caer tres veces, eso fue lo que pensó Lee Jun.

Esta vez se lanzó con la intención de agarrarlo por el torso.

¡Pum!

Pero la realidad no cambió.

Se levantara rechinando los dientes y—

Toc.

O se abalanzara intentando imitar uno de esos takedowns que había visto en videos—

Jahyun lo esquivaba con toda tranquilidad y—

Toc.

«¿Qué es esto? ¡¿Qué mierda es esto?!»

Tendido boca abajo, Lee Jun apretó el puño con fuerza.

Pero no podía hacer nada.

Casi habría preferido que lo golpearan de frente y lo pisotearan. Eso al menos le habría dolido menos en el orgullo.

Pero Jahyun no hacía eso.

Lo derribaba cada vez que intentaba levantarse, como si estuviera jugando con él.

Como si estuviera tratando con un niño.

Y nada más.

Lee Jun rechinó los dientes y lo miró desde el suelo con rabia... hasta que se estremeció.

«¿Qué demonios es este cabrón...?»

No era el Lee Jahyun que él conocía.

No se trataba simplemente de que hubiera cambiado.

Era otra cosa.

Bastaba con ver cómo lo miraba desde arriba.

—¿No te levantas?

—...

El aire se le quedó atragantado en la garganta.

Lee Juon jamás sabría la verdad.

Que aunque solo hubiera sido hasta los diecisiete, antes de perder la vista, Jahyun... no, Walter, había vivido en la mitad del siglo XVIII, en una época donde los puños valían más que la ley, y donde una pelea insignificante podía convertirse en una lucha desesperada por sobrevivir.

·       

En el segundo piso de la residencia principal del presidente del Grupo Taehyun había una sala de reuniones que, decían, solo se usaba para asuntos de verdadera importancia.

La mayor parte del mobiliario era antiguo, en tonos marrón oscuro y caoba, y el lugar estaba rodeado de libros por los cuatro costados.

Solo con entrar, la armonía de aquellos colores sobrios, el olor envejecido de los libros y el aroma silencioso de la madera hacían que uno enderezara la postura sin darse cuenta.

En aquella sala estaban sentados el presidente Lee Kangcheol, el vicepresidente Lee Kanghyun y, además, el lutier y el violinista que Jahyun había visto antes.

—¿La comida fue de su agrado?

—¡Y tanto! Gracias a ustedes, esta boca mía se ha dado un lujo desmedido. Me preocupa volver a casa y acabar diciéndole sin querer a mi mujer que su doenjang jjigae no sabe bien.

A simple vista, Lee Kangcheol parecía mucho más joven, pero en realidad el lutier estaba aún en sus cincuenta. Comparado con el presidente Lee, que se acercaba ya a los setenta, era bastante más joven.

—Este de aquí es mi nieto. Creo que hoy será más que adecuado para tocar el violín.

—M-mucho gusto.

El joven respondió algo encogido tras la presentación del anciano.

—¿“Adecuado”, dices? ¿No entra ya en segundo de bachillerato? He oído que pronto empezarán a patrocinarlo.

—¿Y cómo sabe eso, presidente? ¡Ja, ja, ja!

Parecía tan feliz de que el presidente supiera de su nieto que al lutier se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

—El vicepresidente que está aquí también tocaba un poco el piano en sus tiempos.

—Me resultó más útil aprender lo que había que aprender bajo la tutela de mi padre.

Lee Kanghyun, sentado junto al presidente, respondió con su habitual sobriedad.

Después de eso, los cuatro mantuvieron una conversación bastante larga.

—Bien, va siendo hora de ver las piezas que ha traído.

—Por supuesto.

Aquel anciano era precisamente la persona que, durante los últimos tres años, había fortalecido con firmeza los cimientos de Taehyun Instrumentos. Era completamente natural que en la mirada de Lee Kangcheol rebosara confianza.

El nieto del lutier acercó un carrito elegante.

Encima descansaban dos violines.

Uno era de un tono relativamente claro.

El otro, de un marrón más oscuro.

—El de color más claro podría venderse entre cincuenta y sesenta usando un método carved totalmente industrial. Es decir, tallado y no prensado en molde.

El nieto tomó el violín.

Trazó unas pocas notas con ligereza.

Tanto el presidente como el vicepresidente pudieron apreciarlo al oírlo.

«Desde luego, es mejor.»

El color del sonido era superior al del violín de trescientos mil wones que habían fabricado hasta entonces.

Habían usado mejores materiales, y el anciano había aplicado una técnica más refinada que en el modelo de treinta.

Si introducían esos valores en fábrica, no tardarían en producirlo en masa.

Lee Kangcheol asintió levemente.

Después de todo, aquel no era el verdadero protagonista de la reunión.

Esta vez, el lutier señaló el otro.

El violín nacido de un sistema semindustrial y semimanual.

—Este, de tono más antiguo, podría convertirse en la próxima pieza clave de Taehyun. Su valor estaría entre los ciento veinte y ciento treinta.

Por naturaleza, el violín es un instrumento extremadamente delicado.

El tipo de madera, el tiempo de secado, incluso una desviación de apenas un milímetro en el proceso de tallado pueden alterar por completo el sonido.

Por eso, en una fabricación cien por cien industrial, por mucho cuidado que se ponga, el timbre nunca llega a ser excelente, y con el paso del tiempo el propio instrumento tiende a deformarse más.

De ahí surgió el método semimanual.

Los artesanos se encargan de las tareas delicadas que la máquina no puede realizar con perfección, y la fábrica se ocupa del resto.

«Por eso este paso es tan importante.»

Lee Kangcheol lo pensó para sus adentros.

Si la primera tanda de instrumentos semimanuales presentaba una calidad notable, las expectativas hacia sus futuros violines cien por cien artesanales crecerían todavía más.

En otras palabras, aquel violín era el verdadero primer paso de Taehyun Instrumentos.

Su piedra angular.

«Y cuando, en el futuro, Taehyun Instrumentos consiga hacerse un nombre incluso entre los profesionales...»

Lee Kangcheol cerró los ojos por un instante.

Fue algo brevísimo, pero la emoción que estaba a punto de agitarse en su interior se calmó enseguida.

Justo en ese momento, el lutier terminó su explicación y le hizo una seña a su nieto.

El joven tomó el violín.

Su postura era más cuidadosa que antes, pero también más natural.

El arco se posó sobre las cuerdas.

El anciano y el muchacho cruzaron miradas.

La del presidente y la del vicepresidente se fijaron en la fina línea por la que el arco iba a deslizarse.

Y en cuanto el anciano inclinó la cabeza—

el arco comenzó a fluir con elegancia.

La Sonata para violín n.º 5 de Beethoven, Primavera, primer movimiento.

Las notas brotaron de golpe.

El roce suave entre cuerda y arco, deslizándose con naturalidad de compás en compás.

Desde el primer sonido, la calidad era de otro nivel respecto al violín anterior.

Tanto el presidente Lee Kangcheol como el vicepresidente Lee Kanghyun asintieron sin darse cuenta.

Preparando Taehyun Instrumentos, ambos se habían sumergido bastante a fondo en la música clásica.

Claro que, por su agenda, no podían dedicarle demasiado tiempo, pero aun así padre e hijo habían alcanzado un nivel suficiente como para juzgar, al menos, la calidad sonora de un violín.

Y hasta a sus oídos, aquel instrumento sonaba claramente mejor que otros del mismo rango de precio que se vendían en el mercado.

«Aunque hay algo levemente molesto... pero tratándose de un violín de poco más de un millón, tampoco se le puede exigir tanto.»

Incluso violines de varios millones de wones seguían siendo considerados “para principiantes”.

Así que no era realista esperar una calidad sonora extraordinaria de un semindustrial-semiartesanal.

Mientras observaba a los dos magnates escuchar con los ojos cerrados, el anciano lutier dejó entrever un brillo en la mirada.

Miró de reojo a su nieto, que seguía tocando.

Y el chico le devolvió la mirada.

Sus pupilas temblaban.

Había en ellas un miedo tenue.

Y también una culpa difícil de ocultar.

El anciano tampoco estaba tranquilo.

Pero fingió serenidad y articuló con los labios:

«Está bien.»

La responsabilidad la cargaré yo. Tú no te preocupes. Está bien. Todo está bien.

Fue entonces.

Toc, toc, toc.

Unos golpes a la puerta irrumpieron con una precisión casi absurda, justo en el instante en que la intensidad del pasaje musical disminuía.

El anciano y su nieto se sobresaltaron y miraron hacia atrás.

El presidente y el vicepresidente también abrieron los ojos con lentitud.

Y, sin esperar permiso del dueño de la sala, la puerta se abrió despacio.

Quien entró no fue otro que Lee Jahyun.

Era un invitado no deseado.

Y aun así, su paso era de una seguridad aplastante.

—Ah, perdón por presentarme así de repente. ¿Estoy interrumpiendo?

El vicepresidente Lee Kanghyun no aprobó aquella irrupción de su hermano pequeño, pero no dijo nada.

Todavía no había mostrado ninguna reacción el verdadero dueño de la sala.

Y ese dueño habló al fin.

—¿Qué ocurre? Esta es una reunión importante. Si no se trata de algo más urgente que esto, da media vuelta y vete.

Jahyun sonrió con calma.

Y lo que salió de su boca fue algo que nadie esperaba.

—Si se trata de la prosperidad o la ruina de Taehyun Instrumentos, ¿es suficiente motivo?

—...¿Qué has dicho?

Tras decir eso, Jahyun avanzó sin vacilar.

Con movimientos tranquilos, aunque casi arrebatándoselo, le quitó el violín al joven.

Cerró los ojos.

Sostuvo el mástil con una mano y dejó caer los dedos sobre él.

Luego, como haría un ciego, empezó a recorrer el cuerpo del violín con unas yemas prudentes, minuciosas.

Parecía un artesano puliendo una piedra preciosa.

Había algo casi sagrado en aquel gesto.

Sus dedos pasaron del clavijero al puente.

Del fondo a la tapa.

Rozaron el cordal, la mentonera y el resto de las piezas.

Y cuando al fin pasaron por cierto punto—

«Lo encontré.»

La verdadera naturaleza de aquella extraña sensación que ya había percibido la vez anterior.

Los párpados que habían permanecido cerrados se alzaron despacio.

—...

Guardó silencio unos instantes.

Y luego soltó un largo suspiro, como si estuviera reprimiendo algo que amenazaba con hervir en su interior.

Después lanzó la pregunta.

—Ustedes dos... en la interpretación de hace un momento, o más exactamente, en el sonido de este violín, ¿no notaron una molestia extraña? ¿Algo que chirriaba?

El presidente y el vicepresidente asintieron en voz baja.

—Es verdad que había algo ligeramente incómodo.

—¿Ocurre algo con él?

—¿Ocurre algo? Ah, sí, algo. Claro que ocurre. Y es un problema muy grave.

Jahyun bajó la cabeza y soltó una risa breve, incrédula, casi sin aliento.

Pero aquella risa se cortó de inmediato.

Ya no quedaba rastro de sonrisa en su rostro.

En medio de aquel silencio extraño, alzó la cara de golpe.

Su mirada fue directa al lutier.

El anciano retrocedió casi por reflejo.

«¿Qué... qué demonios tiene esa mirada...?»

No era una expresión que uno debiera ver en un muchacho de apenas diecinueve años.

Era la mirada de alguien que había resistido humillaciones y abusos sin dejar quebrarse el alma.

El rostro de alguien que, después de sobrevivir, estaba a punto de reprender a una generación indigna.

—Voy a preguntarle una sola cosa.

Tac.

Jahyun dio un paso hacia él.

—Solo con escucharlo un momento desde fuera, se me puso la piel de gallina.

Tac.

El anciano quiso retroceder.

Pero las piernas no le respondieron.

—Usted es lutier, ¿no? Entonces...

Tac.

Cuando Jahyun se plantó delante de él, le alzó el violín frente al rostro.

La abertura en forma de efe, oscura y profunda como un abismo, empezó a llenar poco a poco el campo visual del anciano.

Y entonces sintió miedo.

La voz de Jahyun le llegó al oído.

—¿Por qué ha puesto a tocar un cadáver delante de la gente?

Fwoosh.

El violín descendió.

Y allí estaban esos ojos fríos, hirviendo de rabia.

—¿Por qué mató este instrumento a propósito?

Y con aquella última pregunta, rematada como una sentencia, el anciano se quedó sin aliento.

 

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